sábado, 29 de diciembre de 2007

Estrellada


Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el purgatorio bajo los jazmines y las mariposas de color violeta.
Tenía yo un profundo mirar de colibrí, de túnel y de automóvil romántico. Lanzaba yo, suspiros de acróbata y volaba con los pies en el cemento, por ésto mi padre siempre decía que yo andaba en las nubes.

Mi padre hablaba claro como la aurora y como los dirigibles que van a morir. Tenía ojos llenos de navíos lejanos. Sonreía a veces, y su silueta gastada con el pasar de los años, expresaba una armonía indescriptible.

Mi madre era ciega y sus manos eran más admirables que la noche. Manos esforzadas, dedicadas.

Amo la noche, sombrero de todos los días con escencias me salpica sus crepúsculos perfumados. Por danzar en una estrella daría mi inocencia, y en esto se me va la vida, saltando de huracán en huracán con tal de aproximarme a los astros y danzarles como nadie les ha danzado, mirarles como nadie los ha mirado, reciertales un poema exótico y luego sonreir.

Y así comienzo el día a día, inventandome nuevas vidas cada vez que despierto y repitiendo siempre la misma.

Quizás algún día tome consciencia, y en la mitad del camino de mi vida me de cuenta de mis constantes retrocesos. Pero eso será algún día, por ahora sólo me ocupo de soñar que danzo a las estrellas.

* En la imagen Lilitt, mitológicamente la primera mujer de Adán, la mujer que se reveló contra el hombre.
-¿Por qué debo acostarme debajo de ti, si yo soy tu igual?- estas fueron las palabras que la condenaron a desaparecer.